El hombre solo.
El hombre está solo. Sentado en el borde de la acera, está solo. La cabeza gacha, los hombros caídos: derrotado ante una vida que ha pasado demasiado deprisa. Suspira, pero el aliento se pierde con la brisa que irónicamente le acompaña en su soledad, despeinando con violencia la que sin duda fue una melena fuerte y segura de sí misma, como él, pero que ahora encanece y se cae lentamente, como el paso del tiempo, lento, aburrido, tedioso, que, no obstante, hace pasar la vida demasiado deprisa. El hombre está solo, y su presencia se difumina con el atardecer de una primavera alegre que tiñe de naranja los gruesos cristales de unas gafas que tanto han visto reflejado en ellas y cuya única función, ahora, es la de ocultar dos ojos apagados y grises, antaño contenedores de un inmenso mar de aguas tranquilas, libre, desconocido, lleno de peces y de su compañía. Está solo, y su rostro ha sido borrado por la indiferencia de quienes pasan a su lado, algunos extraños, otros más bien cercanos, que son demasiado buenos para regalar un segundo de simpatía. El hombre está solo, a lo lejos ladra un perro e incluso más allá de las montañas puede escucharse el vago eco de la vida perdida que todavía retumba a la espera de volver a ser escuchada y, como consecuencia, retomada. La vida que ya no vuelve, pero que rebota en el cuerpo y abolla el alma. El hombre está solo, está en blanco y negro cerca del césped verde intenso y de las infinitas flores abiertas, pues su color se ha desteñido en el camino, y la luna lo ha ahogado en el fondo del río que le vio nacer. El hombre está solo, y añora todo lo perdido pero, no obstante, el recuerdo es bonito y sigue vivo en lo más profundo de su corazón, que late alegre, aunque solo, porque ya no hay nada que perder cuando todo está perdido.
Solo la soledad.
Mon
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